El certero ataque de la Chupitos y las brujas

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Este vestido quedó deshecho a tirones

La Chupitos y las dos brujas, muy amigas todas, me esperaban adentro de la tienda, con cara de chiste.

Fue el lunes 29. Les juro por esta que nunca las vi entrar. Aparecieron de la nada y cuando me di cuenta ya estaban meneando con desprecio la ropa colgada, soltando risitas chanceras, murmurándose cosas, dándose codazos entre ellas, haciéndose las disimuladas como en una adolescencia que pasó hace quince años.

Sabe qué traen, pensé, y comencé la explicación: que la textil es la segunda industria que más contamina al planeta, que la recuperación de prendas del pasado me parece importante, que no tengan desconfianza, yo misma lo lavo y lo plancho todo…

La Chupitos bostezó mientras se echaba hacia la espalda el cabello largo y liso a fuerza de planchazos. “Estamos buscando disfraces”, interrumpió desértica: “Soy la Chupitos. Ellas, las brujas”. Ah bueno.

Una de sus amigas, la bruja mayor, hurgaba confianzuda la vitrina de los sombreros, que por algo está cerrada. La bruja menor —pequeña, afilada— desfilaba por el local, con un manto antiguo de misa, de encaje negro. Las carcajadas de las tres se escapaban por la puerta, menos mal.

Respiré. Tenía una solución para ellas. Mi tía Yolita me regaló una bolsa de ropa, entre la que había unas faldas excéntricas, de largos desiguales, negras y cafés, con sus respectivas blusas. Justo unos días antes había publicado en Volver Vintage que podrían recrearse como disfraces de brujas. Costaban 30 pesos. La bruja mayor se acerco a la caja y comenzó a esculcar, con actitud de roedor y una risilla tenebrosa. Me dio miedo, pero pude verla mejor: traía una camiseta polo ajustada, unos pantalones colombianos, unos tacones del diez (sus amigas también traían camisetas polo). Agarró un conjunto, comenzó el regateo, se conformó con el precio original y pagó.

Cuando volví a tener conciencia, la Chupitos se había ido contra un vestido que no estaba en la caja de los disfraces: uno ochentero de lino blanco, con lunares negros. “Este”, ordenó, y no supe si creerle.

Un paréntesis indispensable: esto de vender vintage, es para mujeres que tienen un problema mental. Todas vendemos cosas que no quisiéramos vender. El vestido ochentero de lino blanco era una de esas cosas.

“¡Con este me voy a vestir de la Chupitos!”, dijo la treintona, mientras se ajustaba los botones forrados. “Nomás lo desgarro y ya quedó”. La bruja menor celebró a todo pulmón. La bruja mayor había vuelto a la vitrina de los sombreros que por algo está cerrada. “Quiero este sombrero”, exigió.

Sin saber bien en qué concentrarme le supliqué a la Chupitos que no fuera mala, que no desgarrara el vestido. Ya había empezado. Me dieron ganas de llorar; le pedí que por lo menos me diera los botones. La Chupitos ya había sacado un billete. “Los botones se vienen con el vestido”, respondió, seria por primera vez.

Soy una obsesiva de los botones, ya lo había contado. Le expliqué que estos son —¿eran?— muy especiales, que ya no los hacen, que una vez desgarrado el vestido no volvería a servir, que dejara los malditos botones en paz. Puso cara de palo, hizo bolas el vestido y lo metió a su bolso, “para que se vaya arrugando”, le explicó a sus amigas, otra vez a risotadas.

La bruja mayor insistía; quería que le vendiera un sombrero de terciopelo lila de los años 40, para ir disfrazada a su fiesta.

Ya me habían caído gordas.

—Los sombreros no se venden, —me puse seria.

—¿Cuánto quieres por él? —blofeó la bruja mayor.

—¿No se venden —la corté.

Las tres salieron de la tienda y desaparecieron por la calle Montenegro.

La cosa es que no he dejado de pensar en mi vestido ochentero, blanco de lino con lunares negros. Lo pienso destrozado, sin botones como debió quedar. En mis pensamientos me tortura el sonido de fondo. Es la risa de la Chupitos y las dos brujas, muy amigas todas.

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